Historias de consulta médica en Medellín – La Impaciente

Hace unos días una colega me pidió que la reemplazara en su turno porque debía ir a una cita médica. Aprovecho para aclarar que los médicos también nos enfermamos, tenemos que pedir citas que están para dos o tres meses, y hasta tenemos que esperar al médico que nos va a atender, que como es especialista no se retrasa 15 minutos sino una hora y hasta más.

Pero bueno, habiéndome desahogado, sigamos con el relato de aquel día.

El turno que pacté reemplazarle con mi colega era de 6am a 3pm. Llegué temprano en la mañana a eso de las 5:30am, me serví un termo lleno de café, que sepan que me dura usualmente hasta las 9am. A las 9am tengo que estar parándome a orinar ese primer termo y llenar una vez más con café el recipiente.

Transcurrió toda la mañana con buenos niveles de café en vena, sin mayores inconvenientes. Eran ya las 2 de la tarde y mi espalda latía de felicidad porque ya casi se terminaba el turno. Le dije a mi espalda: no cantes victoria porque hoy seguimos con otras labores hasta las 8 de la noche. Mi espalda lloró como niña chiquita mientras entraba al consultorio la última paciente, la de las 14:40. Solo faltaban 20 minutos para entregarle el consultorio a otro colega y por esta razón la última consulta debe ser muy puntual y precisa para entregar el consultorio a tiempo al colega, de lo contrario lo afectaría y él empezaría atrasado su jornada.

Como les decía, estaba entrando la paciente de las 2:40pm y se quedó como congelada en la puerta mirándome sentado al frente del computador mientras hacía algunas anotaciones en la historia clínica del paciente que acababa de salir.

Mientras yo terminaba de escribir le dije:

—Buenas tardes, entre bien pueda.

En vista de que la señora no entraba levanté mi mirada y me encontré estupefacto con la cara de una señora de unos 55 años, piel trigueña y cabello corto, y quién parecía estar poseída por algún tipo de demonio. Se me llegó a pasar por la cabeza que podría ser la cara de un sicario segundos antes de halar el gatillo para matar a su enemigo acérrimo. Sentía que en algún momento iba a sacar un cuchillo para enterrármelo en el pecho.

Después de unos segundos de pánico la señora pronunció unas palabras:
— Y la doctora, ¿dónde está?
— La doctora está en una cita médica. Yo la estoy reemplazando y me los dejó muy bien encargados. —Respondí.
— ¡Es que a uno no le pueden cambiar el médico sin avisarle! —replicó.
— Entiendo su disgusto señora, pero es algo que se sale de mis manos. En las EPS es común que a uno como usuario le cambien el médico y a nadie le avisan.
— Es que no tienen derecho a cambiarle a uno el médico.
— Señora, le repito, un cambio de médico no depende de mi, y ni siquiera de la EPS. Le recuerdo que los médicos somos seres humanos. Si el médico se muere hay que reemplazarlo, así a usted no le guste.
— Ese no es este caso, deje de ser irónico.  —me interrumpió. Seguidamente yo interpelé:
— Los médicos pueden aburrirse de trabajar en un lugar, por ejemplo por tener que atender pacientes como usted y deciden renunciar. Continué: —Los médicos podemos enfermarnos y estar incapacitados, todo eso independientemente de si a usted le gusta o no. Siento mucho su disgusto, pero me temo que se lo tendrá que aguantar por hoy porque la doctora no está. Estoy yo que la puedo atender, pero es necesario que me diga si empezamos ya porque no voy a perder más tiempo hablando babosadas con usted.

— No sé. —siguió un silencio sin cambiar su cara de “triplemalparida”.
— Decídase señora, la atiendo o no? Le doy 30 segundos para que decida. O si quiere pida otra cita con otro médico. Eso sería mejor, porque para serle sincero a mi me da pereza atenderla a usted con esa actitud tan dramática.
— ¡Respéteme por favor! —exclamó la impaciente.
— Yo no la estoy irrespetando, solo le estoy diciendo lo que siento, que básicamente es que deseo que nunca más me toque atenderla en una consulta médica, ni cruzármela en ninguna parte del mundo.
— Ahhh bueno, siendo así, si le da tanta pereza entonces atiéndame.
— Perfecto, bien pueda siéntese.
— No, yo me quedo parada. Dijo con cara de ínfulas de victoria.
— Ok, quédese parada y haga lo que le de la gana. Dígame ¿cuál es su motivo de consulta? —pregunté.
— Tenía varios motivos, pero como no está la doctora entonces mejor yo le digo qué exámenes me manda y ya. —Respondió con tono demandante.
— Señora, le recuerdo que esto es un consultorio médico y no un supermercado de ayudas diagnósticas. Las cosas no funcionan así. ¡Aterrice!. Usted me dice qué siente, qué le duele, yo le hago preguntas relacionadas con sus síntomas, seguidamente la examino y YO DECIDO si necesita algún examen. Sencillo, cierto?
— Entonces por lo menos renueve mi fórmula y deme una autorización para que me vea el ginecólogo, —ordenó con cara de “sobradéz”.
— Y cuál es el síntoma ginecológico por el que considera que la debo mandar al ginecólogo? —repliqué.
— Ahhh! es que uno no puede acceder al especialista que uno quiera? Yo tengo entendido que por ley es así.
— No se de que ley habla, si quiere vaya búsquela, y cuando la encuentre no venga a donde mi sino que llama a la EPS a exigir su supuesto derecho.
— Es que yo en la otra EPS estaba con el ginecólogo porque me daban infecciones urinarias.
— Señora, hasta donde tengo entendido no es el ginecólogo quien trata ese tipo de problemas de salud.
— Ahhh! y es que le tengo que contar pues mis síntomas?
— Pues si señora, se supone que estamos en una consulta médica, usted me cuenta los síntomas si quiere que la atienda.
— Estas cosas no pasarían si estuviera la doctora. Pero bueno. Es que a mi me diagnosticaron “cistocele” y en la otra EPS me iban a operar.
— Ahh eso es algo muy distinto. Entonces lo que le pasa es que ¿se le sale una bola por la vagina? —pregunté.
— Si. —respondió mientras inclinaba su mirada al suelo y bajaba el tono de su voz demandante.
— Si usted me hubiera dicho esto desde el principio hubiese sido más fácil, no le parece?

La señora impaciente se quedó callada. Ya habían pasado 25 minutos y el médico que seguía su turno en el consultorio ya había tocado un par de veces.
El caso es que generé la remisión a ginecología, transcribí la fórmula y le dije a la impaciente: – Ya puede irse y dejarme descansar en paz.

Abrí la puerta mientras le señalaba la salida, nos topamos con el colega que seguía en el consultorio y delante de ella le dije al médico:
— Doctor, la culpa de la demora es de esta señora, armó pataleta y me hizo demorar. Si quiere la puede demandar, yo le puedo dar los datos de identificación de ella.

Los dos se echaron a reír y yo salí caminando procurando reprimir el deseo de asesinar e esta cara de malparida.

Perdonen las expresiones fuertes.

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